Una de las características del siglo XXI es el incremento de la interrelación entre factores sin aparente vínculo directo. No es posible afirmar que las guerras en un punto del planeta no tienen efectos locales y globales en el medio ambiente, los precios de los productos, la inseguridad alimentaria, el consumo y las políticas consecuentes, en el resto del mundo. La fundición de los polos, la desaparición de los bosques y los acuíferos, los movimientos migratorios o la proliferación de enfermedades pueden tener efectos en la vida diaria de los habitantes del norte o del sur. Como mar de fondo, el mercado. Las decisiones que se toman en Chicago en relación a los precios de un producto como el arroz, por ejemplo, pueden afectar a miles de millones de personas en las antípodas, generando desnutrición, hambre, muerte e incluso guerras. La toma de conciencia de la interrelación que existe entre estos temas críticos puede ayudar a evitar que sus consecuencias sean catastróficas para la vida humana futura.
Turbulencias en el fondo
Los albores del presente siglo indudablemente estarán marcados por el varapalo recibido por Wall Street en septiembre de 2008. Para el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz (1) esta crisis “…es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica resulta insostenible…”. Hasta este momento, los defensores de la supremacía de los mercados financieros planteaban que su funcionamiento optimizaba la asignación del ahorro; que manejaban toda la información necesaria para tomar las mejores decisiones y que, además, tenían la capacidad de desarrollar un mercado complejo y seguro sin la presencia de la supervisión externa. Ahora, todo se ha puesto en duda. No sólo el capital financiero, sino la libertad de mercado.
Probablemente, muchas cosas cambien a partir de ahora. Al menos, es lo que se espera. Porque la influencia del mercado libre durante el proceso de globalización se ha sentido en todos los puntos del planeta y en todas las esferas. La oferta y la demanda ha demostrado ser el motor de la economía, a la vez que precursor de una serie de problemas que aquejan a la humanidad: pobreza, degradación ambiental, crisis alimentaria, trata de humanos, entre otros. Sin embargo, éstos no han estado ausentes en regímenes que negaban la competencia y, por otro lado, tampoco están presentes totalmente en las economías capitalistas del norte, con mercados más regulados y mayor presencia del Estado.
¿Estamos ante el fin de las teorías de Friedman? El economista venerado por los defensores del libre mercado y el teórico que influyó en todas las medidas destinadas a la desaparición del sector público en los países occidentales, consideraba que la intervención estatal introducía distorsiones en el funcionamiento de los mercados. Su propuesta (aplicada con esmero por el FMI y el BM en los países subdesarrollados) se orientaba a desmontar el estado del bienestar y a dejar que actúen libremente las leyes de la oferta y la demanda, volviendo a la pureza original que definiera Adam Smith. Pero la historia ha demostrado que todos los fundamentalismos terminan estrellándose contra el suelo ante la caída vertiginosa de sus desaciertos. La última intervención del gobierno estadounidense para salvar los mercados financieros ha marcado un punto de inflexión. Una de las lecturas es que las ganancias siempre se privatizan, mientras que las pérdidas se socializan; pero también que no podemos dejar en manos del libre mercado los factores que atañen a la supervivencia planetaria.
Mínimos en venta
Parece un despropósito el que los precios de los alimentos indispensables se definan en Chicago y que la culpa de la última crisis alimentaria se haya producido justamente por la especulación de los mismos y por la producción de biocarburantes. Pero ha sido así y las consecuencias se han hecho sentir inmediatamente. Según la FAO, el arroz ha subido un 163%, el trigo, 110; maíz, 45; lácteos, un 70%. El suizo Jean Ziegel (2), miembro de Human Rights Council’s Advisory Committee de Naciones Unidas plantea que “Cada cinco segundos, un niño menor de diez años muere de hambre o por sus secuelas inmediatas. Más de 6 millones en 2007. Cada cuatro minutos, alguien pierde la vista debido a la falta de vitamina A. Hay 854 millones de seres humanos gravemente infraalimentados, mutilados por el hambre permanente”. Se han detectado hasta el momento 37 “naciones conflictivas”. Entre ellas está México donde el precio de la tortilla, alimento básico de maíz, ha subido en un 30 por ciento. Los conflictos y las revueltas están en su comienzo, como advierten y alertan las agencias internacionales. De seguir así, ha proyectado la FAO, lejos de disminuir (que era uno de los Objetivos del Milenio de Naciones Unidas) la población mundial subalimentada subirá de los actuales 800 millones a 1.200 millones para el año 2025. Ziegel subraya que para llenar el tanque de un automóvil (50 litros) que funcione con biocarburante, se requieren aproximadamente 200 kilos de maíz, cantidad que permite alimentar a una persona durante un año.
La tierra no tiene
para dar de comer
a todos sus habitantes.
Una falacia en toda
regla y un fácil argumento para justificar la escasez de alimentos
Un gran negocio. Los inversores a apuestan por él. Se plantean que dentro de unos años la necesidad de alimentos va a aumentar ostensiblemente para lo cual están invirtiendo en tierras de cultivo en diversas partes del mundo (en zonas tan variadas como África Subsahariana o la campiña inglesa), en espacios para silos destinados al almacenamiento y en empresas productoras de abono y transporte. Hay un considerable interés por las grandes financieras de invertir en estructuras donde el panorama de beneficios mejora. El riesgo salta a la vista. El acaparamiento de alimentos sólo conducirá a mayores crisis alimentarias. Porque si se acapara desde las grandes transnacionales, también se acapara en las aldeas perdidas de África, jugando como siempre con la oferta y la demanda.
En estos tiempos de crisis, muchos recuerdan con insistencia a Malthus. La tierra no tiene para dar de comer a todos sus habitantes. Una falacia en toda regla y un fácil argumento para justificar la escasez de alimentos. Según los agrónomos, en este momento, hay suficientes cereales cultivados como para alimentar a 10.000 millones de personas vegetarianas (3), el problema está en que buena parte de éstos se utiliza para alimentar al ganado que abastece a los países ricos del mundo y para la creciente industria de biocombustibles. Por otro lado, se plantea que la superpoblación estaría en la base de esta problemática. Es claro que si todos los indios y chinos consumieran al nivel que lo hacen los norteamericanos estaríamos en un serio problema. El planeta no aguantaría esos niveles de consumo. Entonces todo parece indicar que la base del conflicto radica en la calidad antes que en la cantidad. Unos consumen desmesuradamente y otros casi nada. Según predicciones de Naciones Unidas, la población mundial se va a estabilizar en 10.000 millones de habitantes en 2060 (4). Esto indica que son cifras manejables (5). Indudablemente, pasaríamos a hablar de métodos de distribución de los alimentos más que de controlar el crecimiento de la población. Además, se ha demostrado que en cuanto hay una mayor integración de las mujeres en la sociedad, el número de nacimientos disminuye notablemente, dando pie a pensar que el desarrollo es parte de la solución.
Los agrónomos saben que cualquier suelo, incluso el desierto, con las debidas atenciones puede servir para producir alimentos. Las tierras en barbecho son recuperables haciendo un adecuado tratamiento. Lo preocupante es el uso que se da actualmente a las tierras fértiles. La agroindustria, con inmensas extensiones de suelo dedicadas al monocultivo, con graves agresiones a los ecosistemas, sólo ayuda a incrementar los suelos deteriorados. El crecimiento de la frontera agrícola para sembrar soja, girasol, maíz, con destino a la alimentación animal o a los biocombustibles a costa de los bosques debería ser considerado un crimen. El impacto global al medio ambiente no es discutible y, lo más importante, la utilización del suelo, agua, recursos humanos y materiales, no contribuyen a la seguridad alimentaria de los países subdesarrollados, antes al contrario, sólo apuntan a la eliminación de los cultivos autóctonos y a una mayor dependencia de la población.
Los agricultores pequeños también hacen grandes esfuerzos para la producción destinada al mercado internacional antes que al consumo. Si consideramos que se puede garantizar la seguridad alimentaria no sólo con la producción para el autoconsumo sino también con la exportación, esta sería una opción válida para la subsistencia. Pero los precios de estos productos están enfrentados a las subvenciones que realizan los países desarrollados a sus agricultores y las numerosas trabas aduaneras que hacen del libre mercado un espejismo (6).
El difícil equilibrio
entre una población
que crece y un suelo
que se degrada
por su uso en la agricultura y ganadería es uno de los desafíos de este siglo y todo parece indicar que la producción a gran escala no es la respuesta.
El difícil equilibrio entre una población que crece y un suelo que se degrada por su uso en la agricultura y ganadería es uno de los desafíos de este siglo y todo parece indicar que la producción a gran escala no es la respuesta, más bien la producción agroecológica y los consumos locales, que evitan los grandes desplazamientos.
Muchos factores atañen a la seguridad alimentaria, entre ellos la producción, la comercialización o el transporte. En la base, el deterioro del medio ambiente que se convierte en un límite importante que debería estar en la diana de todas las políticas de seguridad alimentaria (7).
Planeta a la venta
El deshielo del polo norte es una tragedia para la humanidad y el medio ambiente, salvo para los países del entorno que esperan diligentemente hacer caja. Ya se calculan las ganancias que se conseguirán con el petróleo y con la apertura de nuevas rutas para el comercio. El frenesí de los cálculos impide escuchar las llamadas de auxilio de un planeta casi exhausto.
Llegados a este punto, cabe recordar al economista canadiense William Rees, que proponía el indicador de huella ecológica (1996), esto es, la superficie necesaria para sostener un tipo de vida específico. Como resultado, la huella de Estados Unidos es de 9,7 hectáreas por persona, 5,4 la del Reino Unido, la de Francia de 5,2 y la de Alemania de 4,7. Mientras que la de los países con menor ingreso era seis veces inferior (8). Si no fuera porque es una obscenidad moral, podríamos aventurarnos a decir que la supervivencia actual del planeta se la debemos a los menores niveles de consumo de los países pobres. Para ello basta sólo con ilustrar el consumo de agua. Cada vez que se usa la cisterna de un inodoro en los países desarrollados se gasta cinco litros de agua, cinco litros que se usan para el consumo humano en cualquier país de África después de haber recorrido varios kilómetros para buscarlos. El agua, algo tan vital, como síntoma y esencia de la desigualdad.
Los resultados saltan a la vista. Cerca de 1.100 millones de personas no tienen acceso al agua potable y 2.400 millones carecen de sistemas de saneamiento; 1,8 millones de niños mueren cada año de infecciones transmitidas por agua insalubre. Entre los Objetivos del Milenio para el Desarrollo de la ONU en 2000 está el compromiso de reducir a la mitad el número de seres humanos que carecen de este servicio. Éste y los restantes objetivos (reducir el hambre, la pobreza, el analfabetismo, las enfermedades como el SIDA, la desnutrición, garantizar la educación, y disminuir los niveles de desigualdad de las mujeres) se han visto afectados por la indiferencia de los países desarrollados, que habían comprometido el 0,7% de su PIB. Antes de la actual crisis, sólo Noruega, Dinamarca, Holanda, Luxemburgo y Suecia lo habían cumplido. Estados Unidos apenas destina el 0,16% a la cooperación al desarrollo. Pero la inversión en el manejo de este recurso es acuciante. Cuidar los ríos, los lagos, los embalses, las cuencas y los acuíferos subterráneos debería ser una prioridad internacional ya que las consecuencias de no hacerlo pueden conducir a más hambre, más guerras y mayores desplazamientos humanos.
Las diferencias en todos los datos de consumo de los recursos entre el norte y el sur son tan disparatadas que parece un contrasentido acusar al crecimiento de la población de los niveles de deterioro ambiental actuales. Sin embargo, la pobreza también tiene su influencia negativa, por eso se debe trabajar sobre ella. El todo se vende y se compra hace que las poblaciones locales sean un factor más para la desaparición de especies de animales y plantas. Lo urgente que se antepone a lo importante. Claro que si comparamos, no sabemos quién es peor, si el marfileño que derriba la acacia para convertirla en leña para venderla a los comerciantes, o el alcalde que derriba un bosque en España para transformarlo en campo de golf. Trabajar con las comunidades de manera que vean el beneficio de la conservación del medio ambiente, es vital en estos momentos. En este sentido, hay muchas experiencias exitosas que deben servir de ejemplo.
Es inevitable preguntarse las razones por las cuales las energías renovables y limpias no se generalizan dada la importancia que tiene el uso de los combustibles fósiles en la contaminación ambiental. Los coches de hidrógeno que liberan vapor de agua llevan años en funcionamiento, las tecnologías de utilización de las mareas como fuente de energía, la solar y la eólica (9), aunque se generalizan, no lo hacen de forma determinante como para renunciar al uso del petróleo. Aquí vuelve nuevamente a incidir el mercado y sus poderosos lobbies. Muchas patentes quedan almacenadas, sacrificadas en los altares del negocio, mientras se fomenta el uso del transporte automotriz. Iniciativas como compartir coche, incrementar y abaratar del uso del transporte público o limpio y reorganizar las ciudades, es un imperativo. Vistos los efectos de la producción de biocombustibles en la seguridad alimentaria (10) y el poco aporte que hace al medio ambiente, la moratoria que pide Ziegel debería convertirse en una prohibición a largo plazo.
Es lamentable
que la limpieza
ambiental
del norte se haga
a costa del sur.
En un mundo basado en un consumo creciente surge la importancia de los residuos y su tratamiento. El reciclaje por parte del usuario se está implementando en muchas ciudades con éxito. Pero también se debe aumentar el nivel de conciencia ciudadana para evitar la proliferación de los embalajes. En este punto, cabe anotar la diferencia que existe en el tratamiento que se da a los residuos urbanos en los países desarrollados y en los países subdesarrollados. En estos últimos, el reciclaje lo realizan los pobres, como una forma de subsistencia que a la vez genera múltiples enfermedades. Por otro lado, a estos países van a dar todos los residuos de las nuevas tecnologías generando fuentes futuras de contaminación, con todo lo que implica en los otros factores asociados. Es lamentable que la limpieza ambiental del norte se haga a costa del sur. En este sentido, valdría la pena establecer mecanismos legales que prohíban este tipo de desechos. Ver el planeta como un todo, no como parcelas separadas.
El caso de la India como país emergente del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que tiene grandes inversiones en energías renovables no parece ser el paradigma. Según el Banco Mundial (11) China enfrenta sus propios desafíos en lo que se refiere a la presión ambiental. 20 de las 30 ciudades más contaminadas del mundo se encuentran en este país debido en gran medida al alto consumo de energía derivada del carbón. El grave nivel de erosión del suelo, la lluvia ácida y vías navegables contaminadas afectan también la vida de millones de personas (12). Por otra parte, la economía de la nación está dominada por la industria manufacturera en lugar de los servicios, situación que aumenta la presión ambiental. Son las contradicciones que genera un mercado de consumo apetitoso. Es un país que interesa no sólo porque allí se produce casi todo lo que se consume en el mundo, por la existencia de mano de obra barata que permite la relocalización de las industrias con el fin de generar mayor beneficio y, también, por el impresionante número de clientes para el consumo de cualquier mercancía, incluidos objetos de lujo. Sin embargo, no debemos olvidar que es uno de los países que no ha firmado los protocolos de Kyoto, juntamente con el otro gran contaminante, Estados Unidos.