Al preparar este número de Revista Futuros dedicado a las crisis de este siglo XXI se les hizo evidente a los editores que los activistas de un cierto tema suelen suponer que el asunto sobre el cual trabajan es el que debiera gozar de absoluta prioridad en la atención mundial. Es lógico. Al asumir que es el más grave se dedican en cuerpo y alma a trabajar por su solución. En ocasiones no sólo subvaloran erradamente la relevancia de otras causas, sino que –mostrando vocación por las teorías conspirativas- las ven como una deliberada distracción que alguien perverso construyó para desviar la atención de “lo esencial”. Las cosas serían más sencillas si fuesen de ese modo; pero lamentablemente, no lo son.
Hay preguntas incómodas que no por serlo deben ocultarse debajo de la alfombra.
¿Es posible aportar salud pública sustentable para personas que continuarán viviendo en la pobreza? ¿Tiene sentido resolver la miseria a expensas de acabar con el hábitat que sostiene a nuestra especie en su conjunto? ¿De qué sirve invertir en educación si luego los graduados emigran y se ponen al servicio de empresas que operan de tal manera que contribuyen a reproducir la pobreza en su país de origen? ¿Tiene sentido dar ayuda humanitaria para salvar una vida en un momento dado si luego nos desentendemos del curso miserable de su existencia? Y la interrogante inescapable: ¿se necesitan reformas o revoluciones?
El incremento en la frecuencia y poder de destrucción de los desastres “naturales” tiene que ver hoy con el impacto que sobre nuestro hábitat tenemos como especie. El calentamiento global, el agujero en la capa de ozono y otros desafíos que generan mayores índices de cáncer, desertificación o tormentas están asociados a la aceleración de procesos naturales y a la inducción de otros, como resultado de la actividad humana en el planeta.
Hemos alcanzado poderes divinos con nuestras tecnologías: podemos crear nuevas formas de vida o destruir las existentes. Sin embargo, no hemos demostrado sabiduría divina para emplear del mejor modo los extraordinarios poderes adquiridos por vía tecnológica.
El incremento de productividad obtenido por nuestra revolución tecnológica permite talar bosques a una velocidad mayor que la del ciclo natural para su reposición, o consumir hasta extinguir a otras especies en breve plazo. El actual crecimiento económico de países como China y la India permite la expansión masiva de una clase media cuyo status simbólico se mide todavía por el acceso a patrones de consumo occidental, los cuales datan del tiempo en que nuestra productividad era muy inferior y los recursos planetarios parecían inagotables.
Hemos revolucionado
nuestras tecnologías,
pero no
las herramientas
intelectuales y sociales para comprender el mundo nuevo y adaptarnos a él de forma provechosa.
Nuestras ideas, estilos de vida y sistemas de organización social no han tenido en cuenta esos cambios y están peligrosamente desfasados. Padecemos de una disfuncionalidad creciente para asegurar las condiciones de subsistencia de nuestra especie, como resultado de esa distancia entre la realidad que hemos creado y la anacrónica percepción que tenemos de ella. Hemos revolucionado nuestras tecnologías, pero no las herramientas intelectuales y sociales para comprender el mundo nuevo y adaptarnos a él de forma provechosa.
En la paradoja entre la nueva realidad tecnológica y su empleo destructivo -dictaminado por viejas concepciones económicas, políticas y sociales- es donde radica la madre de todas las crisis del siglo XXI. Puede alegarse, con plena razón, que existen poderosos intereses que se verían afectados si se abriese espacio a nuevas formas de pensar y producir. El más socorrido ejemplo es el de la resistencia del sector petrolero a que se produzca la necesaria evolución hacia el empleo de energías renovables. Pero también es cierto que la gravedad de la crisis en que ha sido puesto el hábitat que sostiene a la especie humana (inclusivo por igual de ricos y pobres) es de tal alcance que en pocas décadas más no habrá futuro para nadie; las condiciones de nuestra existencia se habrán tornado insoportables y ello, a su vez, acarreará turbulencias sociales de gran magnitud.
La transición que demanda la supervivencia de nuestra especie no es meramente de concepciones políticas, sino de un modelo civilizatorio que ha sido hasta ahora abrazado tanto por el capitalismo como por el socialismo realmente existentes. El modo en que nuestras sociedades se relacionan con el hábitat, la manera en que están estructuradas sus relaciones sociales de producción y convivencia, ha quedado desfasado con las tecnologías que hoy están a nuestro alcance. La tala de árboles para producir el papel con el que se publicaban libros y periódicos no ponía en peligro la existencia de los bosques, cuando el corte se hacía a mano, la población mundial era mucho menor y, en gran parte, analfabeta. Las emisiones de carbono de los autos con motores de combustión eran imperceptibles a mediados del pasado siglo, pero la masificación de la producción de automóviles y el crecimiento de las clases medias en países como India y China –que ahora pueden adquirir ese medio de transporte- supone niveles de emisión que ya gravitan de manera critica en el aceleramiento de los procesos de calentamiento global.
Nos queda poco tiempo para aprender a pensar y hacer las cosas de otro modo. Los llamados desastres “naturales” ya no lo son tanto. El peor de todos – y raíz de muchos otros- lo constituyen nuestros esquemas mentales y una manera miope y mezquina de entender nuestras opciones.
Revista Futuros continuará por ello insistiendo en la necesidad de construir un nuevo paradigma de desarrollo humano sustentable. Confiamos en que nuestra región pueda hacer la transición intelectual del estatismo y neoliberalismo de las últimas décadas hacia un pensamiento complejo e integral, capaz de renovar las visiones sobre el desafío del desarrollo en las circunstancias propias del siglo XXI.